Nunca me he considerado una persona con suerte. Tampoco una persona con mala suerte. Tan sólo del montón.
Pero hay ocasiones en que las cosas ves que te vienen rodadas, y si te detienes a pensarlo, llegan a ser tan buenas que asustan.
Una simple llamada de teléfono, un encuentro casual, estar en el sitio preciso en el momento adecuado, o decir que si cuando creíste acertado decir que no... y todo puede cambiar a mejor.
Suerte. Ese reflejo positivo del libre albedrío... Lo malo del asunto es que uno nunca llega a saber muy bien en qué momento cambiará el soplar del viento y esa buena suerte devendrá en infortunio.